Escapar a la biografía

Escapar a la bigrafía

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Nueva etapa de Lina Vila.

Fernando Sanmartín

 

 

Hay autores que ofrecen una obra que tiene poco que ver con ellos mismos. Es la exclusión de lo biográfico, algo que la ficción permite y que también permite la impostura. Por el contrario, hay creadores cuya obra muestra lo que son o lo que han vivido, y convierten en una confidencia con el espectador lo que plasman en un papel o en una tela. Lina Vila pertenece a ese grupo. Sabe que la vida, a veces, puede ser un laberinto o un espejo empañado, pero sabe que también puede ser un tambor apache o ese instante donde se descalzan los sentimientos.

La obra pictórica, además de un techo donde cobijarse, y así lo concibe L.V., puede proyectar una relación con personas, paisajes o cualquier otro motivo de la realidad, aunque el aprendizaje de la pintura, parafraseando a Faulkner, exige conocer primero lo que uno es o lo que uno ha sido.

Escapar a la biografía es un título contundente, lleno de huellas en un sendero, que no deja lugar a la duda; título para una exposición donde la naturaleza y el ser humano son los argumentos, pero en la que apreciamos, al examinarla con detalle, una descripción de la experiencia, una narrativa que contiene afirmaciones y varios relatos hechos por una voz que se remansa o desborda, según.

En toda biografía el autor se muestra. Y L.V. no usa lo hermético ni lo inaccesible. Por ello no puede sorprender el autorretrato que aquí se expone, nada tibio, nada dócil, que refleja un testimonio, la decepción más destructiva, y enlaza, sin acudir a demasiadas referencias, con esa Judith y Holofernes de Andrea Mantegna, o incluso con el David y Goliat de Caravaggio.

John Berger, con el que siento el jabón en los ojos para sentir después los ojos limpios de jabón, dijo que si hubiera alguien sin heridas en este mundo, ese alguien viviría sin deseo. Es algo que sabe Lina Vila y por eso nos ofrece aquí, de nuevo, su voz, fiel a lo emocional y a la mirada, destilando un yo que se va construyendo a través de una voluntad, de un discurso que existe sin que lo parezca porque el único discurso es la sencilla, compleja, dulce y, a veces, cruel experiencia de la vida.

La pintura de Lina Vila materializa y repite, en ocasiones, lo que un paisaje cercano a ella, como escenario subjetivo, contiene; y esa pintura transmite o infunde así en el espectador que la realidad se compone de una implicación a la que no debemos ser ajenos.

Veo en esta exposición unos cardos que podrían llevarme hasta Virgilio, cardos de San Mateo de Gállego estampados en la imagen de una punta seca o dentro del papel de una acuarela. Veo alcachofas y zanahorias que han llegado desde un mercado de Pau. Veo rosales y vegetación –que me trasladan a Giovanna Garzoni o a Georgia O’Keeffe-, símbolos y delicadeza, decepción y encrucijadas. Pienso en Holofernes. Pienso que la pintura es un cuaderno donde escribe Lina Vila. Pienso que esta exposición enlaza con el anterior trabajo de su autora, Diario de invierno, pero que se aparta de él porque revela un nuevo recorrido, otras claves, junto a un clasicismo que siempre está ahí. Pienso en la pureza, en la aventura que todo creador debe abrazar, en la decisión de alejarse por completo de cualquier disfraz. Pienso que estas obras deben ser observadas despacio porque hay en ellas respiración, claridad y las razones de un ciclo. Obras que deben ser observadas despacio porque contienen, además, algo esencial: la intimidad del secreto cuando se desvela.

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